viernes, 10 de agosto de 2012

Encuentros de mayo

Era mayo, un caluroso mes de mayo, y el tiempo en Madrid parecía detenido. En el Retiro, adentro muy adentro, aún bajo la sombra, se sentía el peso del día caer sobre los hombros como una losa. Lucía, sin embargo parecía no darse cuenta de nada, de ensimismada que estaba leyendo un libro de poesía que le había dejado su amiga. A ella la poesía nunca le había atraído porque la asociaba al amor fracasado de adolescente, su primer y único amor; pero Rosa, su amiga, le había comentado que tenía que abrir nuevas perspectivas en su cerrado mundo y que, para ello, qué mejor que empezar por un libro de poemas, aunque fuera de un autor desconocido. En ese momento, se había quedado absorta en las reminiscencias que le despertaban la lectura del poema que leía:

“Yo no quiero morir
en la orilla, mansamente,
de una tarde irisada
de luces artificiales.

Reniego de tu cuerpo
hermoso de serpiente,
de tus ojos de almíbar
y de almendras
que me embriagan,
que me esclavizan al paño
salobre de tus lágrimas.

Quiero hundirme en el silencio
alzado al horizonte,
quiero deshacerme
contra la rompiente,
descomponerme
en espuma y canto.

Reniego de la espera
somnolienta, a contraluz,
de las ventanas
que aguardan amaneceres
de brazos en alto,
de puños cerrados,
contra toda esperanza.

Yo no quiero la paz
de las huellas borradas
por pasos ya dados,
estelas de la costumbre.

Reniego de las sombras
que asolan mis párpados,
de la sangre
en mis venas detenida
por la gravedad y el cansancio.”

En ese preciso momento, algo llamó su atención haciendo que apartase los ojos de la lectura: una ráfaga de aire o una vibración sobre su hombro, quizás la sacudida magnética de campos de fuerzas contrarias que se atraen. Al darse la vuelta, se encuentra con la mirada del hombre, de unos cincuenta años, que había estado leyendo con ella a su espalda, dios sabía desde hacía cuanto tiempo.

- Disculpe, señora o señorita, no pretendía molestarla, solo que, al pasar por su lado y ver que leía poesía, no pude contener el impulso de acompañarla en su lectura. No me entienda mal, sepa que, como bibliotecario que fui, para mí la literatura es una pasión obstinada, avasalladora. Pero no me he presentado, mi nombre es Antoine.

Lucía, aunque alarmada por la inoportuna intromisión de aquel hombre en su intimidad, quedó por un momento atrapada entre las palabras que le decía y no pudo menos que preguntar:

- ¿Pasión obstinada y avasalladora? Pero, ¿a qué se refiere?

- Me refiero a que ésta es una de esa obsesiones por las que, sin dudarlo, daría mi vida, si es que, con ello, pudiera salvar al mundo del sinsentido en que está sumido, tan falto de humanidad y belleza.- Mientras improvisaba lo anterior, para salir del paso, Antoine empezaba a fijarse en su interlocutora con ojos más terrenales, sintiendo que un cosquilleo de otro tiempo le recorría de arriba abajo las entrañas.

- Por la poesía sería capaz de emular a “Ulises Lima” en París y vivir exclusivamente para su lectura.- Siguió improvisando para eludir el mareo que, de pronto, le acometía como una ola dormida.

Lucía, una vez atrapada en su palabrería - la fuerza magnética de Antoine-, no podía sustraerse a continuar la conversación que le ayudaba a escapar de su monótona existencia.

- ¿Ulises Lima?. ¿Ese quién es?. Y, ¿cómo se puede vivir exclusivamente para la poesía? Yo me llamo Lucía. Haga el favor de sentarse a mi lado, que lo veo empezar a palidecer-, dijo finalmente para mantener el hilo de la conversación.

- Ulises Lima es el coprotagonista de “Los detectives salvajes”, una obra de Roberto Bolaño. Un poeta mexicano que, cuando malvivía en París, en una chambré mugrienta, con poco dinero, apenas comía y menos se aseaba, pero siempre iba con tres o cuatro libros que había robado, de autores franceses, que devoraba con fruición y que, a la postre, eran su mejor sustento. Se decía de él que leía hasta cuando se duchaba, esto es, cuando conseguía hacerlo, en baños públicos o en casa de algún amigo, puesto que hasta eso le faltaba.

- ¿Y usted cree que merece la pena vivir en esas condiciones? Le pregunta Lucía sin atreverse aún a llamarlo por su nombre.

- Llámeme Antoine o Antonio, si lo prefiere.

- Vale Antoine, ¿qué piensas de esa vida bohemia, sin responsabilidades? ¿Tendría otros intereses o necesidades, digo yo?

- No lo sé. Creo que las personas auténticas se mueven por impulsos internos que responden, y no te rías por favor, a fuerzas electromagnéticas de atracción o repulsión; y que son estas fuerzas las que nos acercan o alejan de eso que llamamos “la felicidad”, que no es otra cosa que darle sentido a la vida que, como dijo un sabio, no tiene otro sentido que el que queramos darle. Fíjate, esa es otra de mis obsesiones y tareas a la que me dedico, la de investigar las razones que unen o separan a las personas, los sentimientos que hay involucrados, el amor como motor principal de la naturaleza humana. Pero creo que me estoy sintiendo mal.- Terminó diciendo Antoine que, del pálido anterior, iba adquiriendo ya tonalidades del verde de la náusea. -Creo que debo regresar a mi casa, siento haberte importunado con mi cháchara.- Dijo incorporándose para apresurarse a escapar de allí.

- Antonio- Dijo Lucía castellanizando el nombre como haciéndolo suyo. – No me dejes así. Me gustaría seguir conversando contigo. Me he sentido muy a gusto y me gustaría hablar de otras cosas.-

- Toma mi tarjeta. Llámame, yo también me he sentido muy a gusto. Volvamos a vernos…- Dijo Antoine marchándose presuroso y sin volver la espalda.

2 comentarios:

  1. Felicitaciones Miguel, es un trabajo completo narrativa y poesía entrelazada, sin duda es una tendencia que poco a poco se va imponiendo en muchos escritores

    feliz fin de semana

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Elisa por estar ahí y dejar tu huella.
      Un fuerte abrazo. Feliz fin de semana también para ti.

      Eliminar