sábado, 22 de agosto de 2015

NO QUERÍA IRME

¡Me llamaba! ¡Me llamaba y yo no quería irme! –gritaba Manuel, recostado en el suelo, entre unos cojines.

Tenía ochenta y dos años. Vivía solo en su piso de Vecindario. Los familiares más cercanos que tenía eran unos sobrinos que venían a visitarlo muy de cuando en cuando.

¡Yo no quería irme! Ahora se estará riendo de mí, por cobarde. ¡Yo no soy un cobarde!. ¡No estoy preparado! –terminó gritando.

Manuel tenía un buen chichón en la cabeza. Había tropezado contra el borde de la butaca. Una de esas, oscura, de buena y compacta madera, de las que ya no se fabrican. Su ropa estaba totalmente cubierta de sudor.

—¿Qué pasa Manuel? ¿Qué dices? –le contesta Esther, la enfermera que había acudido a ayudarlo.

—Ella se ríe de mí –repetía, incoherente. —Yo no soy un cobarde. Tuve que hacerlo. ¡Tuve que apretar el botón! –sollozaba.

Esther, sin entenderlo, le dijo: —No sé a qué te refirieres pero no te preocupes. Haz sufrido una bajada de azúcar. Ya viene la ambulancia.

Manuel se inyectaba insulina tres veces al día. A veces, por su corta visión o los temblores de las manos, no atinaba a ponerse la cantidad correcta de insulina. Un botón colgaba de una cadena a su cuello, le conectaba con la Cruz Roja.

—Tuve que apretar el botón y, ahora, ella se ríe de mí. Yo nunca he sido cobarde. ¡Yo no quería irme!

—Pero, Manuel, ¿qué dices?. No te entiendo.

—¡Ella! La muy cabrona, desde la pared, me llamaba –y señalaba Manuel, al cuadro de su mujer, que dominaba el salón.






M.A.N.H. (25/07/15)




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